viernes, diciembre 27, 2019

Ramón Conde, artista o farsante?

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Me quedé con las ganas de expresar públicamente el profundo desagrado que me causó la visita a una exposición de Ramón Conde en Ourense. No lo hice porque no quería dar pábulo a la política de deliberada vulgarización cultural que desde hace mucho tiempo seduce a nuestras instituciones públicas. Podemos pensar que esta deriva tuvo su origen o culpa, en territorio galaico, en las ocurrencias de nuestro más famoso alcalde, cuyo pésimo gusto y desnutrición intelectual, consigue ponerse a la altura de los tiempos y cosechar la victoria electoral que sirve de refrendo a los desatinos de la postpolítica. Pero la incapacidad estética de Abel Caballero, o quizá su empeño en disimularla para adaptarse a los tiempos, no atenúa el horror que me produjeron los burdos hombres de bultos redondos de Ramón Conde. En aquella visita me acompañaba mi madre, y como todo estímulo es poco en tiempos de apatía vital relacionada con procesos de disfunciones propias de la edad, decidí aprovechar la ocasión y comprobar su reacción ante aquellas figuras. No, no le aportaban ninguna sensación agradable, ni siquiera la curiosidad que podría suscitar lo extraordinario. La fealdad es un asunto bastante subjetivo, ya lo sabemos, pero en cuestiones artísticas, cuando ya se tiene experiencia y se conoce mínimamente el discurso, es fácil distinguir una obra fallida de un timo. Y lo que hizo el señor  Ramón Conde en este acto expositivo es un timo en toda regla. Podría suavizarlo y dejarlo en fraude, pues parecería así que nos quedaríamos en una figura delictiva menor, al entender que sólo hubo una acción contraria a la verdad, pues no me cabe duda de que el artista conoce lo que se aproxima a la verdad en el arte. El escultor Conde conoce perfectamente los requisitos mínimos para que una obra artística pueda ser susceptible de ser admirada como tal. Una cierta dosis de belleza, de verdad o de inteligencia, por mínimas que sean, una cierta novedad en la técnica, en el tratamiento del tema, en la organización de los elementos constructivos o discursivos; incluso podría ser algo de una fealdad extrema pero con una cierta particularidad que nos obligue a detenernos a pensar. Pero lo cierto es  que ante aquellos hombres desnudos, y nada más, una sólo imagina que lo mejor es huir. Porque ni la técnica, ni la escena, ni el discurso, ni la osadía de una perspectiva, ni el movimiento, ni la dimensión, ni la repulsión...nada, nada me sorprende ni me hace pensar.  Me obligué aquel domingo a permanecer más tiempo del que me apetecía, y a leer las fichas técnicas de cada obra, por si me perdía algo. Fue inútil. No había allí información técnica alguna, sólamente unos comentarios sobre la escena representada señalando al público la vía correcta de interpretación. No sé si la propuesta por el autor o por la curaduría o comisariado de la exposición.  Pero estas indicaciones eran de un nivel era tan insultantemente banal que dudé si la exposición en realidad estaba dirigida a un público de las antípodas que desconociese absolutamente los referentes culturales mínimos de nuestro entorno. De modo que cuando, hace escasamente dos horas en el telediario, vuelvo a ver estos hombres desnudos expuestos, en esta ocasión en unos balcones de una calle de Pontevedra, y que con toda normalidad se dice que Ramón Conde disfruta de la controversia que causa su obra, es decir, que públicamente se reconoce que el autor está haciendo caja de la supuesta estupidez del público, siendo una enorme vergüenza ajena y tremendas ganas de empapelar la ciudad con un edicto pidiendo la expropiación de su taller. 

1 comentario:

Artista precario dijo...
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