jueves, abril 22, 2021

Soy libro


De todas mis obsesiones, que adoro, como es lógico,lo trágico es querer desangrarse deshaciéndose de uno mismo, los libros son los que más me pierden. Es decir, me ganan. Mi año pandémico, ha venido acompañado de otras tragedias a cada cual más humana, a cada cual más enriquecedora y desafiante. Todas van conmigo de la mano sosteniéndome en el hermosísimo camino de la vida, en el que me acompañan seres tan dignos como los corondeles de mis libros. Cuando no pude leer, aquellos días de marzo, por cansancio, bloqueo o dolor, ahí estaba la voz de la filósofa para acariciar mis horas de sueño. 

Ahí estuvieron, las horas nocturnas de supervivencia y pastillas que ahora recuerdo con alivio y agradecimiento. Gracias Mercedes Menchero. Cada libro y cada música fueron el mejor calmante para el alma. Abrazada a mamá, tratando de recoger entre mis brazos la memoria que se le iba a raudales al tiempo que suplicaba ayuda. Como si yo pudiese evitar que la quemase el sol, apagándolo con mis descontrolados suspiros mientras velaba su desesperanza. 

Me sujeté bien fuerte a las páginas de Zambrano, como me cogía de tu mano, mamá, cuando de pequeñita temía perderte cada vez que tosías. 

El ocho de marzo, como si el mismo destino te iluminara en medio de tu desconexión, nos prevenías contra el peligro que se respiraba en aquel siniestro silencio de los patios de tu casa. Creo que heredé esa manía de ver un poco más allá del peligro. Me había pasado la semana anterior coleccionando pastillas por si se desataba el caos. Y el caos llegó.

Mi deseo de comprender se saciaba los días de ensordecedor silencio caminando con María por los exóticos paisajes de Puerto Rico, y me reconfortó la experiencia del exilio. Le sonreí a Rosa Chacel porque entendí aquello de que "el exilio hay que ganárselo". Confinada en mi casa rodeada de andamios y ensordecedores taladros fui, soy muy feliz, compartiendo tus secretos con mis dos bellezas. Ojalá todas os pudieseis perder conmigo en los claros del bosque de María, en la poesía de su razón vital y en los intríngulis chacelianos.

De repente no importan las obras de la fachada,   las comparecencias del presidente del gobierno ni el Boletín Oficial, cuando entre tus manos tienes el horizonte infinito de mar de Shruff End de Iris Murdoch. Son seiscientas páginas de viento huracanado que te despierta cada día para que comprendas que la vida consiste en sujetarse fuertemente a una ola para disfrutar de la belleza del paisaje y de la bondad de tus dos amores, que diría Esmeralda Almonacid.

Cuando necesité poesía para comprender la cólera ambiente, Chantal Maillard me llevó a Benarés, y me explicó las cosmogonía de otra civilización, que es hija de la Diosa Blanca; se entienden muchas cosas remontándose a la primera ficción. Matar a Platón tiene sus ventajas. Y además hay poemas como este, Hay un niño pequeño, desnudo en el balcón / algo cae oblicuo, no sé si el sol, la tarde, o quizá sea la calada / el caso es que aquel niño tiene la piel dorada / en razón de la oblicuidad / De sus dedos escapan burbujas transparentes y su risa / es agua jabonosa que resbala en el aire y cae oblicuamente como un eco / de estrellas impacientes / Pero el niño dorado se cansa y la madre aparece / Ella mira hacia abajo, se endereza de golpe / levanta al niño con la fuerza del grito que reprime / e inicia el gesto que habrá de ocultar / en los ojos del hijo, su propio espanto / Apenas tiene tiempo, el pequeño inmortal / de señalar con un dedo infinito / a una paloma que pasa rozando / la reja del balcón /[escucharlo mentalmente recitado con la voz de Chantal, claro]

Felicidades a todos los nacidos en mi día preferido en el que nací, dicen. Veintitrés libros irán asomando en esta página efímera para colmar las incertidumbres. 




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